Existe un consenso creciente sobre la profunda transformación que está experimentando el orden mundial en un escenario que parece poner fin al momento unipolar surgido tras la Guerra Fría, dando lugar a un sistema en el que el poder global se encuentra disperso en múltiples centros, un orden multipolar o policéntrico fragmentado y controvertido, caracterizado por la emergencia de nuevos centros de poder político, económico y militar. Como indicó Wang Yi, ministro de Relaciones Exteriores de la República Popular China en la 61ª Conferencia de Seguridad de Múnich de 2025, “el mundo en el que vivimos es una mezcla cada vez mayor de turbulencia y transformación”. Y en palabras del primer ministro de Canadá, Mark Carney, durante su intervención en el Foro Económico Mundial de Davos en enero de 2026, «estamos asistiendo al final de una ficción agradable y al comienzo de una dura realidad» en la que «las potencias medias deben actuar juntas, porque, si no están en la mesa, están en el menú» (Sánchez, 2026).
El retorno al realismo en un mundo en transición
La geopolítica dibuja nuevos mapas. En la actual situación de conflicto, el presidente Donald Trump ha devuelto a Estados Unidos a sus tradiciones unilateralistas anteriores. Asimismo, la agresividad expansionista del presidente ruso Putin, del primer ministro israelí Netanyahu y de otros líderes está impulsando un desorden mundial sustentado en un uso impune de la fuerza militar y la violación del derecho internacional, de la carta de la ONU y de las decisiones de los tribunales internacionales (Rueda, 2025).
A lo largo del segundo mandato de Trump, él y su equipo han intentado presentar su política exterior como pragmática, disciplinada y estratégica. Contrarrestan las acusaciones de que su enfoque global es impetuoso e irresponsable con declaraciones de estar aplicando un “realismo flexible” (Lissner y Rapp-Hooperthe, 2026). Si bien, como explica Rey (2026), en sentido estricto su política actual responde a una formulación de realismo estructural endurecido, caracterizado por una concepción transaccional de las alianzas y una subordinación explícita del multilateralismo a criterios de utilidad estratégica inmediata que rechaza el idealismo y aboga por una defensa implacable del interés nacional.
Por su parte, China se ha consolidado como un actor central, impulsando una serie de marcos de gobernanza global, al tiempo que profundiza su participación en instituciones multilaterales y organizaciones regionales (Chaudhry, 2025). Mediante sus iniciativas, Pekín busca articular un formato alternativo de orden internacional, haciendo hincapié en los Cinco Principios de Coexistencia Pacífica: el respeto mutuo por la soberanía y la integridad territorial, la no agresión mutua, la no injerencia en los asuntos internos de otros países, igualdad y beneficio mutuo, y la coexistencia pacífica. Algunos analistas sostienen que el mundo está evolucionando hacia la bipolaridad a medida que China continúa su ascenso, sin embargo, aunque se ha convertido en una importante potencia económica y tecnológica, se piensa que aún está lejos de ser un verdadero polo en el orden internacional (Mohan, 2026).
El camino hacia la multipolaridad
Esta escena internacional está creando una estructura en la que, más allá de estas potencias predominantes, Estados Unidos y China, potencias en declive como Rusia, o actores medianos próximos a la órbita occidental como la UE, Japón, Corea del Sur y Australia, existen las llamadas potencias intermedias como Brasil, India, Indonesia, Arabia Saudita o Turquía, que están adquiriendo mayor peso económico e influencia política regional. Sin embargo, la influencia no otorga estatus de polo. También ha quedado patente la existencia de otro grupo, los swing states o “estados oscilantes” que retratan la nueva realidad geopolítica, Son potencias medias o regionales que no están alineadas con ninguno de los grandes bloques hegemónicos y que no exigen alianzas estratégicas en una única dirección, cambiando su apoyo según sus intereses nacionales. No son polos del sistema, pero esto les otorga una posición de poder y autonomía en un mundo fragmentado y pueden convertirse en actores bisagra del nuevo orden internacional (Morillo, 2026).
Las consecuencias de este nuevo panorama mundial fragmentado es la reapertura del antiguo debate entre los dos paradigmas clásicos de las relaciones internacionales: el realismo que aporta las explicaciones teóricas más firmes sobre el “estado de guerra” en el que vive constantemente el sistema internacional, basado en el equilibrio geopolítico entre las potencias, y el idealismo, sustentado en un modelo democrático y una moral universal. La agresiva competencia entre potencias, la falta de diálogo, los abusos de la fuerza y el nacionalismo exacerbado consiguen difuminar el orden mundial basado en el multilateralismo y normas compartidas, abriendo un escenario más incierto y amenazante (Rueda, 2026).
Este aparente consenso sobre la transición hacia la multipolaridad oculta una diferencia en la forma en que los distintos actores la definen. Como indica Mohan (2026), para la administración Trump, reconocer la multipolaridad no implica aceptar límites al poder estadounidense. En cambio, sirve como justificación para abandonar la concepción tradicional estadounidense del liderazgo global y las responsabilidades que conlleva. Su idea de la multipolaridad permite a Washington seguir una política exterior más limitada y transaccional, centrada en obtener ventajas en lugar de garantizar el orden, sin preocuparse por el mantenimiento de instituciones o normas que no sirvan a sus intereses inmediatos. En cambio, considera que, para China, Rusia y muchos países en desarrollo, la multipolaridad no es meramente descriptiva, sino una aspiración. Se trata de un proyecto político destinado a limitar el dominio estadounidense, debilitar las instituciones lideradas por Occidente y construir modelos alternativos de gobernanza, desarrollo y seguridad en los que Estados Unidos no sea el único país al mando.
Pero ¿es acertado este consenso sobre un mundo multipolar? Las ilusiones sobre la existencia de varios polos parecen no estar evolucionando hacia un orden internacional más equilibrado. Por el contrario, han empoderado a Estados Unidos para deshacerse de las restricciones previas, proyectar su poder con aún mayor agresividad y generar conflicto en la búsqueda del beneficio propio. Mohan (2026) considera que no se observa actualmente ninguna otra potencia o bloque capaz de plantear un desafío creíble ni de actuar colectivamente como polo para contrarrestar el poder estadounidense. En una visión realista de las relaciones internacionales, el mundo sigue siendo unipolar.
El pensamiento estratégico de China ante el conflicto
Estados Unidos, otrora pilar del sistema internacional, es ahora una importante fuente de inestabilidad geopolítica. Trump inició una guerra comercial global, presionando e imponiendo aranceles indiscriminadamente tanto a aliados como a adversarios. Estas acciones han provocado que muchos socios y aliados de Estados Unidos busquen en China una alternativa. Sin embargo, China no tiene prisa por aprovechar la ruptura en las relaciones de Estados Unidos. Lo que distingue a Pekín es su previsibilidad, que ofrece a los países una visión clara de cómo podrían colaborar con China, aunque resulte menos atractiva que la oferta estadounidense. Si Estados Unidos continúa con su comportamiento caprichoso hacia el resto del mundo, China no tendrá que cambiar su estrategia y seguirá beneficiándose de la fragmentación de la red de aliados y socios de Washington (Chan, 2026).
Después de que Estados Unidos e Israel lanzaran sus operaciones contra Irán el 28 de febrero de este año, las evaluaciones internacionales sobre las posibles consecuencias de la guerra son profundamente alarmantes: la catástrofe es la descripción más sencilla y completa de los escenarios que se barajan y el futuro de la economía mundial sigue siendo incierto. El cierre del estrecho de Ormuz está generando una grave crisis, un riesgo global.
Esta falla estructural de manera específica tiene un alto impacto para China, el segundo gran poder mundial, ya que es un actor dependiente de la energía y está bajo una creciente presión conforme las condiciones en Oriente Medio se deterioran. En ello pierde el libre flujo de petróleo crudo y gas natural licuado proveniente del Golfo Pérsico.
Sin embargo, la respuesta de China al conflicto parece bastante discreta, sobre todo teniendo en cuenta que Irán es uno de sus principales socios energéticos y una pieza clave en su estrategia global. Cabría esperar que China adoptara una postura diplomática firme, pero se ha mantenido en gran medida en silencio, a pesar de que el empeoramiento de la situación en Oriente Medio no beneficia sus intereses. Beijing ha instado a pedir la moderación y abogar por la paz, se ha centrado en el respeto al derecho internacional y en los llamamientos a la resolución inmediata del conflicto. Este es el interrogante central ¿por qué China ha optado por mantener un perfil bajo?
Algunos consideran que el rumbo militarizado tomado durante el segundo mandato de Trump podría profundizar el declive de Estados Unidos como potencia hegemónica. La hegemonía no solo depende de la superioridad militar, sino también de la legitimidad, la gestión de alianzas y la capacidad de ejercer influencia mediante el consenso en lugar de la coerción. En ese sentido, Washington ahora parece menos una potencia hegemónica y más una potencia dominante, menos respetuoso con las alianzas y menos comprometido con el orden internacional que alguna vez ayudó a construir y proteger (Fataliyev, 2026).
Esta distinción es importante. La dominación podría representar una etapa posterior del declive hegemónico: un momento en que una gran potencia, que ya no confía en la solidez de su liderazgo, se vuelve más impaciente, más coercitiva y menos estratégica. Este cambio puede hacer que Washington parezca poco fiable para sus aliados, a la vez que aliena a las potencias neutrales que no desean ser subordinadas. Pero a su vez, esto crea nuevas oportunidades para estados revisionistas como China, que pueden llenar el vacío dejado por una potencia hegemónica debilitada y forjar alianzas que antes parecían improbables.
Conclusiones
En el inestable panorama de la política internacional, mientras las guerras y los conflictos acaparan los titulares, la estrategia y el pensamiento estratégico se desarrollan discretamente en segundo plano. En la convulsa región de Oriente Medio, donde la tensión aumenta a raíz del conflicto entre Estados Unidos, Israel e Irán, el silencio de China forma parte de una estrategia y un enfoque más amplios ante los problemas y conflictos globales. En las últimas décadas, China ha evitado en gran medida los conflictos militares con países en territorios extranjeros. El pensamiento estratégico de China sobre este asunto se basa en una antigua táctica china – la paciencia estratégica – máxima a menudo atribuida a Napoleón Bonaparte cuya mejor definición sería “Nunca interrumpas a tu enemigo cuando comete un error”. En efecto, China desarrolla su estrategia en el escenario mundial y se entiende mejor como un silencio estratégico (Bhuiyan, 2026). Beijing mantiene una respuesta comedida porque considera que una intervención directa tendría consecuencias negativas inmediatas para su país mientras que, sin embargo, un conflicto prolongado podría erosionar el poder de Estados Unidos, dañar la credibilidad regional de Washington y abrir nuevas vías para la influencia china. En el cambiante orden mundial actual, el pensamiento estratégico de China sobre este asunto se basa en el silencio estratégico. Parece que China está decidida a jugar a largo plazo.
Bibliografía
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Chan, K. (2026). “China is winning by waiting”. Foreign Affairs, 17 de febrero. Disponible en: https://www.foreignaffairs.com/united-states/china-winning-waiting
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Fataliyev, M. (2026). “As Washington Escalates, Beijing Waits: China’s Strategic Silence in the Middle East War”. Modern Diplomacy, 27 de marzo. Disponible en: https://moderndiplomacy.eu/2026/03/27/as-washington-escalates-beijing-waits-chinas-strategic-silence-in-the-middle-east-war/
Lissner, R. y Rapp-Hooperthe, M. (2026). “The False Promise of “Flexible Realism””. Foreign Affairs, 26 de marzo. Disponible en: https://www.foreignaffairs.com/iran/false-promise-flexible-realism
Mohan, C.R. (2026). “The Multipolar Delusion”, Foreign Affairs, 17 de febrero. Disponible en: https://www.foreignaffairs.com/united-states/multipolar-delusion-mohan
Morillo, J. (2025). “Los swing states, otra cara del orden multipolar”. IEEE, 3 de noviembre. Disponible en: https://www.defensa.gob.es/ceseden/-/ieee/los-swing-states-otra-cara-del-orden-multipolar
Rey, L.F. (2026). “Europa ante la hegemonía depredadora y el poder duro”. IEEE, 12 de marzo. Disponible en: https://www.defensa.gob.es/ceseden/-/ieee/europa-ante-hegemonia-depredadora-y-poder-duro
Rueda, J.J. (2025). “Cumbre del G-7 2025. Del multilateralismo al multipolarismo”. Fundación Basilio Paraíso. Disponible en: https://www.basilioparaiso.com/wp-content/uploads/2025/07/CP-G72025pdf.pdf
Sanchez, H. (2026). “Conclusión: la UE en un mundo multipolar. Hora de aproximarse al Sur Global”. CIDOB REPORT, n 13. Disponible en: https://www.cidob.org/publicaciones/conclusion-ue-mundo-multipolar-hora-aproximarse-al-sur-global Wang Yi (2025). “A Steadfast Constructive Force in a Changing World”. 61st Munich Security Conference Conversation with China, 14 de febrero. Disponible en: https://www.fmprc.gov.cn/mfa_eng/wjbzhd/202502/t20250215_11555665.html
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