Pensamiento estratégico versus pensamiento ilusorio | Alfredo Toro Hardy es diplomático retirado, académico y autor venezolano

En 1972, Richard Nixon y Mao Zedong abrieron las compuertas de las relaciones entre Estados Unidos y China, las cuales tardarían hasta 1979 para formalizarse en plenas relaciones diplomáticas. Fue a partir de las reformas de Deng Xiaoping en ese mismo último año, sin embargo, cuando la interconexión entre ambos países comenzó a adquirir pleno significado. De acuerdo a la formulación de este, China dejaba atrás el período de “guerra y revolución” para adentrarse en una era de apertura económica. A partir de ese momento la imbricación económica entre ambos países comenzó a crecer a ritmo acelerado y constante. 

         Fue tal la complementariedad económica alcanzada entre China y Estados Unidos que, en 2007, Niall Ferguson y Moritz Schularick acuñaron el término “Chimérica” para describir el carácter de la misma. Dicho término aludía a una relación simbiótica entre los “chimeroamericanos” del Este y del Oeste (léase China y Estados Unidos). Mientras los del Este ahorraban los del Oeste gastaban;mientras los del Este manufacturaban productos los del Oeste se especializaban en servicios; mientras los de Este exportaban los del Oeste importaban, y mientras los del Este acumulaban reservas y compraban bonos de la deuda pública estadounidense los del Oeste sacaban provecho de ello para gastar a sus anchas (Zachary Karabell, Superfusion, New York, Simon & Schuster, 2009, p. 256). 

         Para llegar a ese punto ambas partes debieron superar los múltiples obstáculos aparecidos en el camino. La perseverancia mostrada les permitió seguir en la ruta abierta en 1972 y consolidada en 1979. Entre los dos países existía, sin embargo, una diferencia fundamental. Mientras uno de ellos guiaba sus acciones en base a un pensamiento estratégico, el otro lo hacía en base a un pensamiento ilusorio. Siguiendo el consejo dejado por Deng Xiaoping a sus sucesores, China escondía fortalezas y mostraba un bajo perfil a la espera de que su momento llegase. Ello le posibilitó el milagro geopolítico de emerger aceleradamente sin alarmar a Estados Unidos, la potencia hegemónica. Al tiempo que ello ocurría los estadounidenses, convencidos de su fuerza y de la superioridad de su modelo, asumían que una China más prospera inevitablemente evolucionaría hacia una sociedad y una economía más libres, en consonancia con la suya. En base a esta convicción prestaron todo su apoyo a Pekín. 

         El año 2008 marcaría, no obstante, un punto de inflexión en la relación entre ambas partes. A partir de ese momento la proximidad alcanzada comenzaría a venirse abajo dando paso a una hostilidad en ascenso. ¿Qué hizo de este un momento tan especial? La repuesta puede encontrarse en una noción familiar a la mentalidad china pero por entero ajena al pensamiento occidental: El shi. Esta noción podría entenderse como una alineación de fuerzas susceptible de moldear una nueva situación. De manera más amplia, ella entrañaría ideas tales como ventaja estratégica, propensión para que las cosas ocurran o configuración ventajosa de factores. El shi, como formulación conceptual, se remontaba al llamado período de los reinos combatientes. Es decir, aquella fase de la historia china que precedió al surgimiento de un Estado unitario con la implantación de la dinastía Qin en el 221 A.C. En síntesis, el shi se presenta como la oportunidad durante la cual el estratega sensato puede dar forma a un entorno político que le favorezca (Michael Pillsbury, The Hundred Year Marathon, New York, Henry Holt and Co., 2015). 

         ¿Qué alineamiento de fuerzas hizo de 2008 una oportunidad de esa naturaleza? La respuesta es clara: El descalabro financiero desatado en Estados Unidos y que condujo al mundo a su peor crisis económica desde 1929; la extraordinaria eficiencia mostrada por China para evitar que su propia economía se contagiara de la crisis; el hecho de que fue el crecimiento económico chino el que evitó un colapso económico global; y, finalmente, el poderoso impulso a la auto estima nacional generado por las exitosas olimpiadas de Pekín de ese año. Concomitantemente a estos eventos, la fortaleza hegemónica estadounidense sufría la fuerte erosión resultante de su incapacidad de prevalecer en dos guerras periféricas en el Medio Oriente.  

         Bajo la óptica del shi, Estados Unidos no resultaba tan poderoso como se  pensaba mientras que China resultaba serlo mucho más de lo asumido por sus líderes. Ello sólo podía significar que Estados Unidos había alcanzado ya la cima de su ascenso e iniciado su declive. Por extensión, esto implicaba que las curvas de ascenso de China y de descenso de Estados Unidos no tardarían en cruzarse. La ocasión para sacar ventaja de una correlación de fuerzas favorable había pues llegado. No era necesario ya, por consiguiente, seguir actuando conforme al bajo perfil aconsejado por Deng. El momento, por el contrario, exigía de asertividad y audacia. 

         Tras la llegada de Xi Jinping al poder los decibeles de la asertividad y la audacia subirían notoriamente, asumiendo características de desafío frontal a Washington. Más aún, Xi proclama abiertamente el contraste entre unos Estados Unidos en declive y una China situada en la cresta de la ola. Estados Unidos, sintiéndose desafiado en su primacía y burlado en su buena voluntad, responde con hostilidad creciente.  Todo ello no es más que la resultante inevitable del curso contrario entre el pensamiento estratégico chino y el pensamiento ilusorio estadounidense. Maquiavelo, sin duda, hubiese alabado admirativamente al primero y desdeñado al segundo. 

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  • Venezolano. Abogado de la Universidad Central de Venezuela.
  • PhD de la Geneva School of Diplomacy and International Relations. Cuenta con maestrías y postgrados de las universidades de Pennsylvania, Central de Venezuela, París II y ENA (Francia).
  • Cursó negociación internacional en Universidad de Harvard. Diplomático de carrera jubilado.
  • Embajador de su país en Estados Unidos, Reino Unido, España, Brasil, Chile, Irlanda y Singapur, así como Director de la Academia Diplomática. Entre 1991 y 2017 detentó el rango de Embajador bajo cinco administraciones presidenciales sucesivas.
  • Autor de 21 libros y coautor de 15, así como autor de una treintena de trabajos publicados en revistas académicas arbitradas.
  • Columnista en publicaciones especializadas de Estados Unidos, Reino Unido, España, Italia e India. Parte importante de sus escritos versan sobre China.
  • Se jubiló de la Universidad Simón Bolívar de Venezuela con el rango de Profesor Asociado en 1991. Fulbright Scholar y Profesor Visitante de la Universidad de Princeton (1986-1987).
  • Profesor de la Cátedra Andrés Bello de la Universidad de Brasilia (1995-1996, mientras se desempeñaba como Embajador en Brasil). Profesor online de la Universidad de Barcelona (2004-2005).
  • Asesor Académico de la Universidad de Westminster (2004-2008). Electo por el Consejo de Facultades de la Universidad de Cambridge como Profesor de la Cátedra Simón Bolívar de esa universidad para el período 2006-2007 (declinó por razones de servicio).
  • Académico Residente del Centro Bellagio de la Fundación Rockefeller en septiembre de 2011 y en octubre de 2017.
  • Actualmente es miembro del Comité de Expertos del Centro Bellagio y Fellow de la Geneva School of Diplomacy and International Relations.
  • Jubilado

Especialidades:

  1. Sistema y pensamiento político: estructura política, legislación, filosofía política, etc.
  2. Economía y comercio: inversiones, comercio internacional, empresas, préstamos, geoeconomía, desarrollo, etc.
  3. Política exterior y relaciones internacionales: cooperación, organizaciones, seguridad, multilateralismo, iniciativas, relaciones regionales, regionalismos, foros, etc.
  4. Sociedad y cultura: autonomías, identidad, minorías, demografía, género, etc.
  5. Taiwan e regiões de administração especial.