Los desafíos geopolíticos del militarismo japonés | Texto de Jean Carlos Kindelán Duliep

Japón se encuentra al borde de una crisis multidimensional que podría redefinir el equilibrio de poder en Asia oriental. La tercera economía más grande del mundo enfrenta en la actualidad una convergencia peligrosa entre el estancamiento económico prolongado, el envejecimiento demográfico más acelerado del planeta y una presión geopolítica sin precedentes para remilitarizarse bajo la hegemonía estadounidense.

No se trata solamente de estadísticas económicas preocupantes, aunque la deuda pública japonesa supera el 260% de su PIB, la más alta entre las economías avanzadas. Se trata de una nación que tras décadas de pacifismo constitucional desde 1945, ahora se ve “empujada” hacia una postura militar agresiva en medio de las tensiones crecientes con China y Corea del Norte.

Washington aspira a transformar Japón en un pilar de su estrategia de contención en el Pacífico. Pero este camino arrastra consigo algunos riesgos existenciales: en primer lugar, la posibilidad de un conflicto armado que Japón no puede ganar, en segundo lugar, el colapso de su frágil recuperación económica y el desmantelamiento final del orden internacional basado en reglas que alguna vez prometió paz y prosperidad. Esta es la realidad que se enfrenta Japón, porque las decisiones que implemente en los próximos meses determinarán no solo su futuro, sino la estabilidad de toda la región del Asia Pacífico.

Para comprender la situación actual es imperante analizar el devenir histórico de Japón en las últimas décadas. Después de la devastación de la Segunda Guerra Mundial, Japón experimentó lo que los economistas denominan el “milagro económico” durante las décadas de 1950 a 1980. Fue un periodo extraordinario de crecimiento que transformó a una nación destruida en la segunda economía más grande del mundo. Pero ese “milagro” se edificó sobre un condicionamiento particular. El paraguas de seguridad estadounidense permitió a la nación nipona concentrar sus recursos en el desarrollo industrial y tecnológico en lugar de gastos militares masivos. La Constitución pacifista impuesta por Washington después de la guerra limitaba explícitamente las capacidades militares japonesas.

Era en su esencia un acuerdo implícito: mientras Estados Unidos proporcionaría la seguridad, Japón se convertiría en una potencia económica aliada y ambos se beneficiarían de este arreglo en el contexto de la Guerra Fría.

Ese modelo funcionó brillantemente durante décadas, pero comenzó a desmoronarse en los años 90 con el estallido de la burbuja de activos japonesa. Los precios inmobiliarios colapsaron, el mercado de valores se hundió y Japón entró en lo que se conoce como las décadas perdidas de estancamiento económico. A pesar de unas tasas de interés cercanas a cero y posteriormente negativas, del impulso de múltiples paquetes de estímulo fiscal, del diseño de programas innovadores de flexibilización cuantitativa que luego serían imitados por otros bancos centrales, Japón no pudo recuperar su dinamismo económico anterior.

El crecimiento se estancó, la deflación se convirtió en una amenaza persistente y la población comenzó a envejecer rápidamente sin un reemplazo generacional suficiente. En la actualidad, casi un tercio de la población japonesa tiene más de 65 años y ese porcentaje seguirá aumentando en las próximas décadas.

Esta es una crisis demográfica sin precedentes en una economía avanzada y tiene profundas implicaciones multidimensionales, desde la sostenibilidad del sistema de pensiones hasta la reproducción de una fuerza laboral productiva.

En este contexto, mientras Japón lidiaba con desafíos económicos y demográficos internos, el panorama geopolítico regional estaba transformándose radicalmente a escasos kilómetros de Tokio. China, que durante la Guerra Fría era una nación empobrecida y relativamente aislada, emergió como una superpotencia económica global. El crecimiento económico chino sostenido a tasas de dos dígitos durante décadas constituye en mi opinión el desarrollo geopolítico más significativo de la época contemporánea. Beijing pasó de ser un actor marginal a convertirse en la segunda economía más grande del mundo, un competidor tecnológico formidable y una potencia militar cada vez con mayor capacidad de proyectar influencia más allá de sus fronteras inmediatas.

Para Japón, esto representa un cambio fundamental en el equilibrio regional de poder. Durante la mayor parte de su historia moderna, Japón constituyó la potencia dominante en Asia oriental. Sin embargo, en la actualidad, se encuentra en la sombra de su vecino histórico con el que sostiene relaciones profundamente tensas y complejas, como resultado principalmente de la ocupación japonesa durante la primera mitad del siglo XX.

Es en este escenario donde interviene activamente la estrategia estadounidense que entra en juego de manera crítica. Estados Unidos, observando el ascenso de China con creciente preocupación, ha reorientado su política exterior hacia lo que oficialmente se conoce como el pivote hacia Asia o la reorientación estratégica hacia el Indopacífico. En otros términos, Washington asume a Beijing como su principal competidor estratégico del siglo XXI y para detener su ascenso está diseñando una red de alianzas y asociaciones en la región.

En este escenario, Japón, teniendo en cuenta su ubicación geográfica, su economía avanzada y su larga alianza con Estados Unidos, se ha convertido en una pieza central de esta estrategia de contención. Desde la Casa Blanca se ha presionado para que la tierra del sol naciente abandone su postura pacifista de posguerra y se convierta en un aliado militar mucho más activo y capaz. Durante el liderazgo del difunto primer ministro Shinzo Abe, Japón comenzó a reinterpretar la Constitución pacifista para permitir una defensa colectiva más robusta.

El presupuesto de defensa japonés ha aumentado constantemente y ahora hay planes para elevarlo hasta el 2% del PIB, lo que convertiría a Japón en uno de los mayores gastadores militares del mundo en términos absolutos. Japón está adquiriendo capacidades militares ofensivas, incluidos misiles de crucero de largo alcance y sistemas de defensa antimisiles avanzados. Se está integrando más profundamente con las estructuras de comando militar estadounidenses, participando en ejercicios militares conjuntos cada vez más complejos y coordinando estrategias de disuasión frente a China y Corea del Norte.

Incluso existen debates sobre la posibilidad de desplegar armas nucleares estadounidenses en territorio japonés, algo impensable hace apenas una década para la única nación que ha sufrido ataques nucleares en carne propia.

La contradicción radica en que esta remilitarización no está sucediendo desde una posición de fortaleza autónoma, sino desde una gradual debilidad estructural. Japón ya no es la potencia económica vibrante de los años 80. Con un ratio de deuda del 230% sobre el PIB, la más alta del mundo, un crecimiento económico del 1% anémico y desafíos demográficos preocupantes, incrementar dramáticamente el gasto militar en este contexto significa desviar recursos escasos de inversiones críticas en educación, innovación tecnológica, infraestructura y el sistema de bienestar social que sostiene a una población que envejece rápidamente, una apuesta arriesgada que podría acelerar el declive económico en lugar de detenerlo.

Asimismo, la remilitarización japonesa está ocurriendo en un contexto regional extremadamente volátil. Las tensiones sobre Taiwán han alcanzado los niveles de la Guerra Fría. China, al igual que la mayoría de la comunidad internacional, considera a Taiwán como parte inalienable de su territorio y ha dejado absolutamente claro que no permitiría ninguna injerencia externa en un asunto de carácter interno.

En este aspecto, Estados Unidos ha mantenido una política de ambigüedad estratégica sobre si defendería militarmente a Taiwán en caso de un ataque chino publicitado diariamente por los medios occidentales como inminente, algo que en mi opinión tiene escasas probabilidades de ocurrir por razones históricas, culturales pero sobre todo de sentimiento común. Pero esa ambigüedad se ha erosionado considerablemente con declaraciones cada vez más explícitas de apoyo estadounidense.

Japón, dado su proximidad geográfica a Taiwán y su profunda integración con las fuerzas militares estadounidenses en la región, inevitablemente se vería arrastrado a cualquier conflicto sobre Taiwán. Las bases militares estadounidenses en territorio japonés que albergan decenas de miles de tropas estadounidenses serían objetivos militares inmediatos en cualquier confrontación entre Estados Unidos y China. En otras palabras, Japón está siendo posicionado en la primera línea de un potencial conflicto militar con China, una potencia nuclear con capacidades militares convencionales masivas y crecientes.

Este no es un conflicto que Japón pueda ganar por sí solo, ni siquiera uno que pueda sobrevivir sin una devastación catastrófica. Las principales ciudades japonesas, sus puertos vitales, sus centrales de energía, su infraestructura industrial altamente concentrada, todo estaría vulnerable a ataques con misiles que China posee en abundancia. La economía japonesa, que depende absolutamente del comercio marítimo para importar energía y materias primas y exportar productos manufacturados, sería estrangulada por cualquier bloqueo o interrupción de las rutas marítimas en el Mar de China Oriental y el Mar de China Meridional. Y todo esto sin siquiera considerar la posibilidad de escalada nuclear, que es una amenaza real en cualquier conflicto entre potencias nucleares.

Lo que hace que esta situación sea aún más trágica es que no está claro en absoluto que este camino hacia la confrontación militar sea necesario o inevitable. China y Japón son socios comerciales masivos. El comercio bilateral entre ambas naciones supera los 300.000 millones de dólares anuales. Las cadenas de suministro japonesas están profundamente integradas con la manufactura china. Las empresas japonesas tienen inversiones enormes en China. Existe una interdependencia económica profunda que debería, en principio, crear incentivos poderosos para la cooperación y la estabilidad en lugar del conflicto. Pero la lógica de la competencia geopolítica impulsada en gran medida por Washington está subordinando estos intereses económicos racionales a consideraciones de seguridad nacional definidas en términos cada vez más militarizados y antagonistas.

Pero concretamente, qué papel desempeña Washington en este diferendo. Recientemente, la Casa Blanca presentó su estrategia en el Indo Pacífico como una respuesta defensiva a la supuesta agresión china, como un esfuerzo por mantener un orden basado en reglas frente a un poder revisionista. Sin embargo, esta visión no es sustentable pues la realidad demuestra todo lo contrario. Pero esta narrativa es profundamente problemática cuando la examinamos con honestidad. Estados Unidos mantiene más de 800 bases militares en todo el mundo, incluidas más de 70 que rodean China y Taiwán.

En los últimos meses, ha expandido la OTAN hasta las fronteras de Rusia, a pesar de las promesas anteriores de no hacerlo, ha librado guerras de cambio de régimen en múltiples países durante las últimas décadas y se ha retirado unilateralmente de varios tratados internacionales importantes de control de armas. Desde la perspectiva china, la estrategia estadounidense en Asia no es defensiva, sino ofensiva. No es una respuesta a la agresión china, sino un intento de mantener la hegemonía estadounidense global a pesar del ascenso económico inevitable de otras naciones.

Esta escalada confrontacional solo beneficia al complejo militar industrial. Para Japón, la pregunta crucial es si sus intereses nacionales realmente se sirven mejor mediante esta remilitarización y este alineamiento cada vez más estrecho con la estrategia de confrontación estadounidense hacia China.

Considero que Japón debería buscar activamente la distensión con China, podría trabajar para construir arquitecturas de seguridad regional que incluyan a China en lugar de excluirla, podría aprovechar su interdependencia económica con China como base para una cooperación más amplia, en lugar de verla como una vulnerabilidad a superar. Esta no es una visión ingenua o utópica. Es simplemente el reconocimiento de que compartir una región geográfica con una potencia económica y militar importante requiere encontrar formas de coexistencia mutuamente beneficiosa en lugar de prepararse para una confrontación militar mutuamente destructiva.

La historia ofrece lecciones relevantes. Durante gran parte del siglo XIX y principios del siglo XX, las potencias europeas se prepararon obsesivamente para la guerra entre sí, construyendo alianzas militares, aumentando presupuestos de defensa, desarrollando planes de movilización cada vez más elaborados. Esta preparación para la guerra no previno la guerra, sino que la hizo más probable. Y cuando finalmente estalló en 1914, fue una catástrofe que mató a 40 millones de personas y destruyó imperios enteros. Después de la Segunda Guerra Mundial, Europa occidental tomó un camino diferente, construyendo instituciones de cooperación económica y eventualmente integración política que hicieron que la guerra entre los antiguos enemigos se volviera impensable.

Este es el modelo que Asia necesita y que China en los últimos años ha estado construyendo a través de mecanismos como el Foro China-ASEAN, el Banco Asiático de Inversión en Infraestructura y la Franja y Ruta de la Seda. Asia no necesita una nueva guerra fría con campos militares rivales preparándose para el conflicto, sino arquitecturas de cooperación que hagan que el conflicto sea cada vez menos probable. Pero implementar este modelo alternativo requeriría que Japón primero ejerza mucha más autonomía estratégica de la que ha mostrado en décadas recientes. En segundo lugar, requeriría que los líderes japoneses estuvieran dispuestos a resistir la presión estadounidense para la remilitarización y la confrontación con China. En tercer lugar, necesitaría que Japón articule una visión de seguridad regional que priorice la diplomacia, el comercio y las instituciones multilaterales sobre las alianzas militares y la disuasión armada, y en cuarto lugar, el público japonés, que en su mayoría sigue siendo profundamente pacifista en sus valores, debería movilizarse políticamente para exigir este tipo de liderazgo.

Lamentablemente, en la realidad no se aprecian estas tendencias de manera objetiva y palpable. La política japonesa permanece dominada por fuerzas conservadoras que están comprometidas con la alianza estadounidense y cada vez más dispuestas a aceptar la lógica de la remilitarización. Mientras tanto, los indicadores económicos de Japón continúan siendo profundamente preocupantes. El yen japonés ha experimentado una depreciación significativa en los últimos años alcanzando la proporción de 168 frente al dólar norteamericano, lo que aumenta el costo de las importaciones de energía y materias primas en las que Japón depende completamente.

La inflación después de décadas de deflación finalmente ha regresado, pero no del tipo beneficioso impulsado por la demanda robusta, sino del tipo perjudicial impulsado por el aumento de los costos de importación. Los salarios reales para los trabajadores japoneses han estado estancados o en declive durante años. La deuda pública continúa creciendo sin una trayectoria clara hacia la sostenibilidad fiscal. Las corporaciones japonesas que alguna vez dominaron industrias globales como la electrónica y los automóviles enfrentan competencia intensa de rivales chinos y surcoreanos que a menudo son más innovadores y más eficientes.

La participación laboral femenina en Japón, aunque ha mejorado, sigue siendo más baja de lo que debería ser dada la crisis demográfica, en parte debido a políticas laborales y estructuras culturales que dificultan que las mujeres combinen carrera y familia. La inmigración, que podría aliviar parcialmente los desafíos demográficos, sigue siendo políticamente controvertida y limitada en comparación con otras economías avanzadas. En este contexto de debilidad económica estructural y desafíos demográficos insuperables, dedicar recursos cada vez mayores a capacidades militares que probablemente nunca proporcionarán seguridad genuina es una tragedia de proporciones históricas. Es una repetición del error que arruinó a la Unión Soviética, que se agotó tratando de mantener la paridad militar con Estados Unidos mientras su economía se deterioraba internamente.

Es el error que Estados Unidos mismo está cometiendo, gastando más de 800.000 millones de dólares anuales en defensa, mientras su infraestructura se desmorona, su sistema educativo se queda atrás y su desigualdad económica alcanza niveles no vistos en un siglo. Y ahora Japón está siendo arrastrado por el mismo camino, sacrificando su futuro económico en el altar de una estrategia militar que no puede ganar y que no debería estar persiguiendo en primer lugar.

En mi opinión, el verdadero concepto de seguridad nacional en el siglo XXI no proviene principalmente de capacidades militares, sino de resiliencia económica, cohesión social y relaciones internacionales constructivas. Las amenazas más graves que enfrentan las naciones hoy no son invasiones militares, sino cambio climático, pandemias, colapsos financieros, disrupciones tecnológicas y desigualdad creciente que erosiona el tejido social. Japón, con su sociedad altamente educada, su tradición de excelencia tecnológica y su potencial para el liderazgo en áreas como energía renovable y tecnología sostenible podría estar a la vanguardia de abordar estos desafíos del siglo XXI.

En cambio, está siendo desviado hacia una preparación para un conflicto del siglo XX que sería catastrófico para todas las partes involucradas. Lo que hace que todo esto sea particularmente frustrante es que las alternativas existen y son factibles. Japón podría en primer lugar invertir los recursos que actualmente está destinando a la remilitarización en la revitalización de su economía. En segundo lugar, podría reformar sus mercados laborales para aumentar la productividad y los salarios. En tercer lugar, podría expandir dramáticamente el apoyo al cuidado infantil para permitir una mayor participación laboral femenina. En cuarto lugar, podría abrir sus puertas más ampliamente a la inmigración para abordar su crisis demográfica. En quinto lugar, liderar la inversión regional en infraestructura de energía renovable y tecnologías limpias. Asimismo, debería lidiar con China, Corea del Sur y otras naciones regionales para construir instituciones de cooperación económica y ambiental que beneficien a todos los participantes.

Todas estas serían inversiones mucho más sensatas en la seguridad y prosperidad a largo plazo de Japón que la compra de sistemas de armas avanzados diseñados para luchar en guerras que no deberían ocurrir.

A modo de conclusión, Japón se encuentra en una encrucijada histórica enfrentando decisiones que darán forma a su destino durante las próximas décadas. El camino actual de remilitarización y preparación para un supuesto conflicto con China bajo el paraguas de la alianza estadounidense conduce casi con certeza a una combinación de declive económico acelerado y riesgo enormemente elevado de guerra catastrófica. El camino alternativo de distensión regional, cooperación económica y enfoque en desafíos del siglo XXI como el cambio climático y la transformación tecnológica ofrece la posibilidad de un futuro más próspero y seguro.

Sin embargo, elegir ese camino alternativo requeriría coraje político, autonomía estratégica y una voluntad de desafiar las presiones de Washington que raramente vemos en la política japonesa contemporánea. Lo que suceda en Japón en los próximos años importará no solo para los 125 millones de japoneses, sino para toda la región Asia Pacífico y en última instancia para el mundo entero. Porque si Japón y China se encaminan hacia la confrontación militar, (en mi opinión muy poco probable) las consecuencias serían verdaderamente globales en alcance y potencialmente existenciales en escala。

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