Mucho se ha escrito de como, con el despuntar del milenio, China irrumpió de la nada en el escenario latinoamericano. Algunos autores se refirieron, incluso, a como China había saltado o irrespetado la cerca que protegía al patio trasero de los Estados Unidos. (Paverman, 2011; Urcuyo, 2014).
China y el “patio trasero” estadounidense
Lo cierto es que, como resultado de este encuentro, entre el 2000 y el 2010 las exportaciones latinoamericanas a China crecieron en un 370%, mientras que entre 2003 y 2013 el comercio entre ambas partes creció a una tasa anual del 27%. Durante la segunda década del nuevo siglo China se consolidó como el mayor socio comercial de América del Sur y como el segundo de América Latina en su conjunto, lo que resultaba un crecimiento exponencial si se considera que para 1990 sólo un 0,6% de las importaciones de esa región provenían de China. Para 2021, el monto acumulado de las inversiones chinas en América Latina alcanzaba ya a los US$693,740 millardos. (Gallager and Porzecanski, 2010, p.37; Delvin and Khan, 2016, p. 51; Roy, 2022; SELA, 2012; CEIC, 2023).
Voces de los sectores militares y académicos de los Estados Unidos han advertido sobre el desplazamiento del que su país ha sido objeto en América Latina, con particular referencia a América del Sur. No en balde, han aconsejado un mayor nivel de asertividad frente a China, en defensa del posicionamiento estratégico de su país en esta región del mundo. Tal postura, sin embargo, no ha venido acompañada de acciones concretas. (Urcuyo, 2014).
Al menos, no hasta ahora. Esta segunda administración Trump estaría enfatizando un retorno a los cauces de la Doctrina Monroe, como una suerte de derecho adquirido. Según lo refiere Edward Wong: “Sus acciones [las del Presidente Trump] sugieren que él visualiza a un mundo en el que cada una de las tres grandes potencias -Estados Unidos, China y Rusia- domine su parte del planeta…‘La mejor evidencia de esto es su deseo de expandir la esfera de influencia de Estados Unidos en el Hemisferio Occidental’ señala Stephen Wertheim, un historiador especializado en política exterior adscrito al Carnegie Endowment for Intertational Peace”. Mike Froman, por su parte, se refiere a “la convicción del presidente [Trump] de que el control hemisférico es un imperativo de seguridad nacional”. (Wong, 2025; Froman, 2025).
Antecediendo y superando en el tiempo a Estados Unidos
Curiosamente, y esto es algo que con seguridad Trump ignora y que la mayoría de los analistas de las relaciones Estados Unidos – América Latina o no sabe o suele olvidar, es que durante 250 años China fue un factor económico fundamental en la economía Hispanoamericana. Lejos de aparecer de la nada, China se reencontró con una región del mundo con la que tuvo estrecho contacto durante un período que supera en un año a la historia independiente misma de Estados Unidos.
Dicho período concluyó ocho años antes de que la Doctrina Monroe fuese formulada y un poco más de cuatro décadas antes de que Estados Unidos pusiese en marcha la agresiva materialización de ésta, apoderándose de la mitad del territorio mexicano. Así las cosas, la era sínica en la historia de Hispano América no sólo precedió, sino que resultó de mayor duración que la estadounidense.
Esta era se identifica con el llamado Galeón de Manila, también conocido como la “Nao de China”. Esto último, pues, aunque la ruta marítima que dicha nave cubría era entre Manila y Acapulco, se trataba esencialmente de un intercambio comercial entre China y la Nueva España (actual México y parte de Centroamérica). Dentro del mismo, Filipinas constituía tan sólo un punto de trasbordo. En Hispanoamérica, de su lado, dicho comercio trascendió a la Nueva España para involucrar también al Virreinato del Perú (incluyendo a la actual Bolivia) y beneficiar a diversas provincias coloniales españolas. La “Nao de China” se mantuvo activa entre 1565 y 1815, fecha ésta última en la que las vicisitudes del proceso independentista hispanoamericano dejaron sin bases de sustentación a dicha ruta comercial. (Gordon and Morales, 2017, Cartwright, 2021).
La “nao de China”
Todo comenzó en 1564, con la expedición marítima española a Filipinas comandada por Miguel López de Lezpagui. La misma partió de Nueva España y llevaba como navegante y cosmógrafo a Andrés de Urdaneta. Fue este último quien descubrió como realizar llamado “tornaviaje”. Es decir, como aprovechar la naturaleza circular de las corrientes de viento que atraviesan al océano Pacífico para regresar a la América. Algo que hasta entonces no se había logrado. Beneficiándose de los llamados vientos del Oeste, que soplan en el Norte de Asia, este encontró una ruta predecible y estable de regreso. La única limitación existente venía constituida por el carácter estacional de dichos vientos. Estos, básicamente, abrían una sóla ventana de oportunidad para el regreso entre los meses de junio y julio. (Flynnn and Giráldez, 1995).
Lo anterior determinó que los viajes de este galeón quedasen reducidos a uno por año. Partiendo desde Acapulco entre marzo y abril y retornando desde Manila entre junio y julio, este periplo anual permitió dar forma a una poderosa ruta comercial. Contando con 2.000 toneladas de carga, que con el tiempo llegaron a ser 2.500 toneladas, esta nave estuvo en condiciones de transportar una gran cantidad de bienes y mercancías. (Gordon and Morales, 2017).
En el tornaviaje, la “nao de China” traía principalmente consigo una amplia variedad de manufacturas de porcelana y de seda procedentes de este país. Dado que entones, como ahora, China era poco proclive a recibir manufacturas extranjeras (que, por lo demás, el mundo hispano de aquella época poco producía), el viaje hacia Asia iba cargado de plata. Plata proveniente de las minas de Zacatecas en el Virreinato de Nueva España o de las del Potosí en el Virreinato del Perú. (Buckley Ebrey, 1996; Gordon and Morales, 2017).
Esto último determinó que los pesos de plata acuñados en la América hispana, se convirtieran en la moneda de curso legal en China. Como extensión del poder económico de ese país, dichas piezas de plata se transformaron a la vez en las de mayor circulación en el Este de Asia. Sin embargo, rumbo a China iban también productos agrícolas americanos como la papa dulce, el maní o el maíz. Al ser aptos para el cultivo en terrenos difíciles, estos propiciaron el crecimiento poblacional en China. En definitiva, dos mil o dos mil quinientas toneladas de carga en mercancías en una dirección y alrededor de tres millones de monedas de plata (acompañadas de semillas) en la otra, fueron capaces de crear y mover importantes mercados. (Gordon and Morales, 2017; Cartwright, 2021).
Como señalaba en 1803 Alexander von Humboldt, la feria comercial que todos los años acompañaba al arribo de la “nao de China” a Acapulco, constituía la más importante del mundo en su tiempo. Las mercancías que allí llegaban no sólo circulaban por el Virreinato de Nueva España, sino que encontraban también su camino hacia Sevilla, al otro lado del Atlántico, y hacia Perú y las demás provincias de la América colonial española, incluyendo allí a la remota Buenos Aires. China y sus productos resultaron, de esta manera, componentes de la mayor significación en una América Hispana que, por lo demás, sólo podía comerciar con la metrópolis colonial. (Gordon and Morales, 2017; Mejia, 2019).
En síntesis
Cuando se dice que China apareció de la nada en América Latina, con el despuntar del nuevo siglo, se pasan por alto 250 años de historia. Período este que resultó de la mayor significación no sólo para Hispanoamérica y España, sino también para China y Asia del Este en general. A su vez, cualquier invocación a la Doctrina Monroe como sinónimo de derecho histórico, tal como lo hace la administración Trump con el objetivo implícito de recuperar espacios frente a China, olvida que la presencia de ésta en la región antecedió y resultó más duradera que la de Estados Unidos.
![Observatorio de Política China [OPCh]](https://www.politica-china.org/wp-content/uploads/logo-horz-1-v500.png)
