China y la UE: una cumbre clave

China y la UE tienen por delante esta semana una cumbre de suma importancia. Más allá de lo simbólico del cincuenta aniversario de sus relaciones, ambas partes afrontan el reto de establecer una respuesta acertada a las preocupaciones compartidas y trazar los ejes de su relación para los próximos y decisivos años.

Los vínculos bilaterales atraviesan un momento complejo, marcado por una combinación de cooperación económica y tensiones geopolíticas. La UE es uno de los principales socios comerciales de China, y viceversa, con un intercambio diario de bienes que supera los 2.000 millones de euros. En los últimos 50 años, el comercio anual entre China y la UE se ha disparado de 2.400 millones de dólares a 785.800 millones de dólares, y el volumen de inversión mutua se ha expandido de casi cero a cerca de 260.000 millones de dólares. Sin embargo, persisten preocupaciones en Europa sobre el acceso desigual al mercado chino, las prácticas industriales subvencionadas y la dependencia estratégica en sectores clave como las materias primas críticas o los productos tecnológicos.

A nivel político, la UE ha calificado a China simultáneamente como “socia, competidora económica y rival sistémica”, reflejando una postura ambivalente. La guerra en Ucrania se ha convertido en un punto de tensión adicional, debido a la negativa de Beijing a condenar explícitamente la invasión rusa (en el último paquete de sanciones europeas contra Rusia se incluyen empresas chinas). Al mismo tiempo, crece la presión en Bruselas para reducir las dependencias estratégicas, lo que se traduce en políticas de “reducción de riesgos”, especialmente en tecnología y energía. El importante acuerdo sobre inversiones, firmado en 2020 tras siete años de negociaciones, sigue congelado.

A pesar de estas fricciones, ambas partes mantienen canales de diálogo diplomático y económico, como las cumbres bilaterales y los foros empresariales y de inversión, entre otros. Más de 70 mecanismos de consulta y diálogo y enriquecen su relación bilateral y orientan su asociación estratégica. Están sobradamente identificados los espacios temáticos y geográficos para una cooperación de mayor calado, así como complementariedades donde ambos actores pueden establecer los fundamentos de un nuevo tiempo para la relación bilateral a partir de las lecturas e interpretaciones de los acelerados cambios que experimenta la situación internacional.

La economía global vive un momento de transformación estructural marcado por los impactos de una revolución tecnológica aún en sus comienzos. Ni la UE ni China parecen creer que la gestión de ese proceso deba transitar por la hoja de ruta trazada por los Estados Unidos de Trump. Pero esa coincidencia, aun siendo un buen punto de partida conceptual, no garantiza acuerdo alguno, aunque muestre una predisposición al diálogo y al entendimiento final. Difícil, sí, pero posible. Ambas partes acumulan décadas de experiencia negociadora que pueden ser útiles para resolver las diferencias y alejar el escenario de la confrontación a favor de dinámicas constructivas.

La competencia estratégica asoma hoy como variable determinante, muy por encima de las diferencias de antaño en valores políticos y derechos humanos. Difícilmente puede la UE alzar la voz condenando, pongamos por caso, el supuesto genocidio uigur en China cuando somos cómplices de lo que está cometiendo Israel contra el pueblo palestino a la vista de toda la sociedad europea y global, consintiendo y sin reaccionar lo más mínimo.

En ese marco, la autonomía estratégica, en detrimento de la sumisión atlántica, ayudaría a renovar la relación con China; no obstante, son muchas las dudas respecto a la capacidad e intención del liderazgo europeo para apostar consecuentemente por esa vía complementaria. El rumbo seguido, agachando la cabeza ante las bravatas y exigencias en gasto de defensa por parte de Washington, no transmite las vibraciones deseables. De optar la UE por profundizar en un acercamiento sustancial a China es probable que surja una crisis en las relaciones con Washington, lo que, por otra parte, representa una baza importante para que la UE obtenga contrapartidas tanto de Trump como de Xi Jinping.

Es comprensible que China quiera atraer a la UE. Para Bruselas no representa la amenaza existencial que destaca la Casa Blanca para justificar su beligerancia hegemónica. A día de hoy, el trato que Bruselas recibe de China es, con mucho, más favorable que el ofrecido por Trump. Abordar las diferencias desde el respeto mutuo importa tanto como avanzar y construir espacios compartidos donde puedan desarrollarse las complementariedades. Un enfoque común entre actores tan importantes arrastraría a otros y rebajaría los humos de quienes solo pueden reinar sobre la división de todo ese mundo al que pretenden humillar.

Es el momento de tomar decisiones de fondo y debería existir un gran debate en Europa acerca del rumbo a seguir. Que no lo haya es una muestra más de la espiral de retroceso que vivimos, con una sociedad civil muy desencantada de los ideales y comportamientos europeos, a expensas de unas élites que nunca inspiraron tan poca confianza.

 

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