China-Estados Unidos: Ideología y eficiencia | Alfredo Toro Hardy es diplomático y escritor venezolano

La Guerra Fría entre Estados Unidos y la Unión Soviética se sustentó en la ideología, algo para lo cual Estados Unidos se encontraba particularmente bien preparado. Habiendo sido el lugar de nacimiento de la democracia moderna, así como su cultor más importante, pudo reclamar fácilmente para si el manto de líder del mundo libre”. Especialmente en la medida en que el comunismo soviético encarnaba a una ideología totalitaria de proyección global. Si bien la rivalidad entre ambos países resultó multifacética, su elemento determinante fue siempre el ideológico. 

         La emergente Guerra Fría con China tiene una connotación distinta, pues ésta no busca venderle los méritos del comunismo ni siquiera a su propia población. La nueva confrontación se sustenta, por el contrario, en la capacidad de producir resultados. Resultados económicos, tecnológicos, militares, comerciales, o de cualquier otra naturaleza. El elemento determinante de esta nueva Guerra Fría es, por tanto, la eficiencia. 

         A diferencia de su confrontación con la Unión Soviética, Estados Unidos se encuentra mal preparado para una rivalidad planteada en estos términos. Su sistema político se ha tornado demasiado disfuncional como para prevalecer en una medición de fuerzas basada en la eficiencia. 

         Este es, por el contrario, el fuerte de China. Habiendo sacado de la pobreza a ochocientos millones de sus ciudadanos y saltado desde el subdesarrollo hasta la antesala de la preeminencia económica mundial, en poco más de cuatro décadas, China sabe producir resultados. Su manejo del Covid 19 así lo prueba.  

         Aunque su falta de transparencia inicial fue responsable del salto de la pandemia a otras latitudes, su control doméstico de la misma no tiene parangón. Contando con 1.3 millardos de personas puede exhibir resultados similares a los de Singapur o Dinamarca, que rondan apenas los 6 millones de habitantes. Más aún, mientras el resto del mundo se encuentra aún en recesión, China reinició ya su crecimiento económico. 

         China persigue un objetivo preciso: Convertirse en el número uno para el 2049, fecha del centenario de la República Popular fundada por Mao. Este claro sentido de propósito no sólo moviliza el sentimiento nacionalista de su población, sino que la unifica bajo una bandera común. Ello, en adición a hacer converger todas las energías de la nación en torno a un rumbo estratégico definido.  

         Estados Unidos, en cambio, se encuentra dividido en dos parcelas irreconciliables de sociedad. Desde los tiempos de su Guerra Civil dicho país no evidenciaba una fractura horizontal de rasgos tan pronunciados. Tal polarización no sólo abarca los ámbitos más diversos, sino que confluye en dos identidades partidistas que han perdido capacidad para el diálogo. Esto no sólo se traduce en la erosión de valores sociales compartidos, sino en el bloqueo institucional. Más aún, la marcha en zigzag se torna inevitable cuando las parcelas de sociedad en conflicto se alternan en el control del poder político. No hay eficiencia posible bajo tales circunstancias. 

         Tratándose de las dos superpotencias de nuestros días, la Guerra Fría entre China y Estados Unidos está llamada a proyectarse al ámbito planetario. No sólo la globalización pierde su oxígeno, sino que la sociedad planetaria tiende a fracturarse entre ambos bandos. De un lado, los que se ven atraídos por un modelo autoritario de probada capacidad de respuesta. Del otro, quienes permanecen fieles a una democracia que ha perdido dicha capacidad.  

         La asociación entre autoritarismo y eficiencia erosionará en importante medida el lustre de la democracia como modelo. Para muchos ello no representa problema. Para la mayoría de las pragmáticas naciones asiáticas, continente que alberga a la mitad de las 20 economías de más rápido crecimiento del planeta y que genera dos tercios del crecimiento económico global, el atractivo representado por la eficiencia es claro. Particularmente en la medida en que China actúa como economía ancla y como plataforma de innovación y conectividad en esa parte del mundo. Tal convergencia hará mucho más atractivo al modelo chino para el resto del mundo. 

         Para algunos, como la Unión Europea, la escogencia es sin embargo difícil. La opción de irse sola, en medio de una economía mundial fracturada y de una Rusia asertiva, resulta problemática. Sin embargo, como bien daba a entender Ángela Merkel en Aquisgrán en mayo de 2018, Europa no puede ya confiar en un país proclive a los extremos y a la inconsistencia estratégica como Estados Unidos. Atar el futuro europeo a dicho liderazgo ofrece cada vez menores atractivos.  

         Una alianza estratégica con China podría, por el contrario, aparejar estabilidad en el rumbo así como la integración económica y de infraestructuras de la masa terrestre euroasiática. Ello, en adición, a representar una barrera de contención frente a Rusia.  

         Acercarse demasiado a China, sin embargo, legitimaría a un autoritarismo susceptible de socavar la estabilidad política europea y, muy particularmente, a la alemana.  

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  • Venezolano. Abogado de la Universidad Central de Venezuela.
  • PhD de la Geneva School of Diplomacy and International Relations. Cuenta con maestrías y postgrados de las universidades de Pennsylvania, Central de Venezuela, París II y ENA (Francia).
  • Cursó negociación internacional en Universidad de Harvard. Diplomático de carrera jubilado.
  • Embajador de su país en Estados Unidos, Reino Unido, España, Brasil, Chile, Irlanda y Singapur, así como Director de la Academia Diplomática. Entre 1991 y 2017 detentó el rango de Embajador bajo cinco administraciones presidenciales sucesivas.
  • Autor de 21 libros y coautor de 15, así como autor de una treintena de trabajos publicados en revistas académicas arbitradas.
  • Columnista en publicaciones especializadas de Estados Unidos, Reino Unido, España, Italia e India. Parte importante de sus escritos versan sobre China.
  • Se jubiló de la Universidad Simón Bolívar de Venezuela con el rango de Profesor Asociado en 1991. Fulbright Scholar y Profesor Visitante de la Universidad de Princeton (1986-1987).
  • Profesor de la Cátedra Andrés Bello de la Universidad de Brasilia (1995-1996, mientras se desempeñaba como Embajador en Brasil). Profesor online de la Universidad de Barcelona (2004-2005).
  • Asesor Académico de la Universidad de Westminster (2004-2008). Electo por el Consejo de Facultades de la Universidad de Cambridge como Profesor de la Cátedra Simón Bolívar de esa universidad para el período 2006-2007 (declinó por razones de servicio).
  • Académico Residente del Centro Bellagio de la Fundación Rockefeller en septiembre de 2011 y en octubre de 2017.
  • Actualmente es miembro del Comité de Expertos del Centro Bellagio y Fellow de la Geneva School of Diplomacy and International Relations.
  • Jubilado

Especialidades:

  1. Sistema y pensamiento político: estructura política, legislación, filosofía política, etc.
  2. Economía y comercio: inversiones, comercio internacional, empresas, préstamos, geoeconomía, desarrollo, etc.
  3. Política exterior y relaciones internacionales: cooperación, organizaciones, seguridad, multilateralismo, iniciativas, relaciones regionales, regionalismos, foros, etc.
  4. Sociedad y cultura: autonomías, identidad, minorías, demografía, género, etc.
  5. Taiwan e regiões de administração especial.