China en América Latina: Los recursos naturales como estrategia en la disputa hemisférica con Occidente y las posibilidades para la región | Texto de Viviana Buitrón Cañadas

Introducción

China ha transitado de ser considerada como la “fábrica del mundo” a ser reconocida como un hub de innovación tecnológica. Este salto cualitativo se está reproduciendo también en el ámbito ambiental. China ha sido el país con las mayores emisiones anuales de CO2 del mundo desde 2006. Ante este reto, el Partido Comunista (PCCh) y el Gobierno chino han señalado al cambio climático como una prioridad, comprometiéndose a alcanzar la neutralidad en carbono antes de 2060 (Liu et al., 2023). Esta posición gubernamental ha ubicado a China en el liderazgo de la gobernanza climática global (Bull, 2024), gracias a, entre varias acciones, las reformas estructurales en el sector eléctrico y al rápido despliegue de las energías renovables (Climate Action Tracker, 2025). Para este repunte, el aseguramiento estratégico de materias primas ha sido clave.

En esta transición, América Latina tiene un rol importante no solamente por los consumidores potenciales de sus productos, sino por los recursos naturales, particularmente los minerales críticos[1] en el inicio de la cadena de suministro, como parte de la configuración de un régimen internacional informal, donde las capacidades financieras y demandas tecnológicas de China determinan las reglas de acceso, inversión y distribución (Sanabria, 2026). Y, efectivamente, China ha financiado grandes proyectos de infraestructura en esta región y ha asegurado para sí, como contraparte, una provisión de materias primas con perspectivas futuras. Con esta estrategia, ha conseguido también una presencia cada vez más central en los procesos de extracción y en las empresas estratégicas latinoamericanas en los últimos años. Cabe mencionar que esta presencia china no ha pasado desapercibida para las potencias tradicionales occidentales, particularmente Estados Unidos, país para el cual América Latina ha sido una región clave de dominación histórica en lo político y económico.

Con esta inspiración, la pregunta guía de esta reflexión es ¿En qué medida la presencia estratégica por la transición energética de China en América Latina contribuye a reconfigurar el escenario de la región frente a la disputa hemisférica con Estados Unidos?

El análisis abordará dos ámbitos: 1) interés de China en América Latina en el marco de la sustentabilidad y 2) tensiones y posibilidades para América Latina en la disputa hemisférica.

América Latina y su relación con China

China ha tomado el liderazgo de energía limpia hacia la sostenibilidad y las metas de cambio climático, posicionándose en los primeros lugares de superficie instalada de energía solar y de generación fotovoltaica, entre otras renovables (Hawkins, 2025). Por ejemplo, en la meseta tibetana, a casi 3000 metros de altura, los paneles solares se extienden sobre una superficie de hasta siete veces mayor que Manhattan (Bradsher, 2025). No obstante, estos sistemas, así como otras actividades industriales en China, han necesitado de materias primas para su construcción, ampliación y sostenimiento. Varias materias primas han provenido de producción nacional; sin embargo, para conseguir los objetivos económicos han tenido que asegurar su suministro desde otros países. Para estos objetivos, América Latina se vincula con China, pero refrendando, sobre todo, su rol histórico como proveedor de materias primas en la economía global.

La intensificación de las relaciones entre China y América Latina data de algo más de dos décadas. China primero financió, de manera preferente, megaproyectos de extracción de materiales fósiles y de generación de energía hidroeléctrica mediante préstamos soberanos hasta 2016. En esta línea, hasta 2023, China había ejecutado más de 200 proyectos de infraestructura en América Latina (Agencia de Noticias Xinhua, 2024). La hidroeléctrica Coca Codo Sinclair en Ecuador o la red de transmisión de electricidad de ultra alta tensión desde la central hidroeléctrica de Belo Monte en Brasil son ejemplos de desarrollo de grandes proyectos por empresas chinas. Este tipo de proyectos estuvo respaldado por narrativas de los gobiernos latinoamericanos de esos años sobre desarrollo y soberanía regional, lo cual implicaba la ruptura narrativa y fáctica de relaciones con organismos de financiamiento occidentales tradicionales, como el Banco Mundial.

Sin embargo, las inversiones de los principales bancos de China han transitado en los últimos años hacia líneas diferentes. China empezó a adquirir gradualmente activos en el sector de energías limpias y operaciones mineras de litio y cobre, esenciales para la transición energética (Hadar, 2026). Esto ha sido posible a través de fusiones, adquisiciones e inversiones directas que han promovido una integración vertical en toda la cadena de valor, desde la extracción hasta la fabricación de tecnologías limpias (Gao, 2025), sobre la base de, según China, la cooperación mutuamente beneficiosa y desarrollo sostenible. Por ejemplo, financiadores chinos lideraron la transformación de energía captada los paneles solares, poniéndola a disposición del Sistema Argentino de Interconexión (Agencia de Noticias Xinhua, 2024).

Estas diferentes estrategias de China en la región muestran una creciente influencia en el modelamiento de la transformación energética de América Latina, bajo el discurso de cooperación sostenible en cuatro dimensiones interrelacionadas: recursos, tecnología, gobernanza y finanzas (Gao, 2025). Para la autora, por un lado, la configuración de control, particularmente de infraestructura y recursos bajo la apariencia de cooperación verde, refuerza el “monopolio silencioso” que China está consolidando y que podría curiosamente debilitar la competencia, innovación y soberanía de los países latinoamericanos en sus propios procesos de transición energética y desarrollo sostenible. Por otro lado, este foco en las energías renovables de China responde a su Política hacia América Latina y el Caribe (Centro A​ndino de Estudios Estratégicos, 2025), a la vez que implica un esfuerzo concertado para posicionarse como líder en la gobernanza ambiental mundial y la transición energética, especialmente desde el Sur Global. Este liderazgo se ha ido configurando en consonancia con una arquitectura internacional que ha intentado contrarrestar los esfuerzos occidentales por contener los intereses geoestratégicos y económicos de China, pensada tras la llegada al poder de Xi Jinping en 2012.

Si bien estas estrategias le han reportado a China importantes beneficios económicos, como el récord de intercambios comerciales de 518 500 millones USD en 2024, con un aumento interanual del 6 %, según el Ministerio de Comercio de China (Hadar, 2026), su presencia ha ido más allá de este aspecto. Su capacidad de soft power (Johnston, 2025), que presupone un sistema internacional igualitario, justo y más pacífico desde el punto de vista militar (Butler, 2024; Yang et al., 2025), también ha logrado éxitos políticos y diplomáticos. Con esto, China ha buscado asegurar sus intereses mediante el multilateralismo y la firma de acuerdos bilaterales para sus propios intereses geopolíticos y atraer a países a su órbita, a pesar de la resistencia de actores como Estados Unidos o la Unión Europea (UE) (Bull, 2024).

En este esquema, el enfoque político de China hacia América Latina ha cambiado significativamente a lo largo de las tres versiones de su policy paper en veinte años, reflejando los intereses de su política exterior en expansión y las capacidades económicas de China (Karan Reddy, 2026). Durante estos años, China no solo ha ampliado las relaciones comerciales en la región, sino que también ha aumentado sus montos de IED, especialmente tras la crisis de 2008. Estos montos se han localizado diferencialmente según subregiones, beneficiando a unos países sobre otros, particularmente a América del Sur por su concentración de recursos naturales y servicios (Lopes Afonso et al., 2021).

Según Karan Reddy (2026), estas relaciones múltiples entre China y América Latina se han delineado sobre la retórica de la solidaridad Sur-Sur, la globalización económica inclusiva, el desarrollo sin condiciones políticas o la implementación de iniciativas globales, lo cual ha sido entendida como beneficiosa para ambas partes a corto plazo. No obstante, para Gao (2025) o Lopes Afonso et al. (2021), la presencia china, desde enfoques de la (neo)dependencia, sigue patrones de reprimarización de las exportaciones de América Latina, seguida de una disminución de su industria con efectos a largo plazo. Y, en lugar de mutuamente provechosa, la relación con China estaría limitando la autonomía estratégica de los estados latinoamericanos y restringiendo su capacidad para construir y articular modelos independientes de desarrollo sostenible.

Tensiones y posibilidades para América Latina en la disputa hemisférica

Si bien el vínculo sino-latinoamericano ha evolucionado consolidando un “monopolio silencioso” bajo la narrativa de cooperación Sur-Sur, comercio récord o una reconfiguración diplomática, sea de manera mutuamente beneficiosa o de reproducción primario-exportadora, la relación de la región con China también ha reavivado la política de “patio trasero” de Washington con respecto a América Latina.

Occidente relaciona a China como peligrosa por su expansión geopolítica, condición reflejada en las narrativas dominantes de la “teoría de la amenaza china” o el riesgo de autoritarismo (Wang, 2024). Como extrapolación de esta posición, Estados Unidos considera a China una amenaza en América Latina principalmente porque desafía su histórica influencia geopolítica y económica. China se ha convertido en un socio comercial clave como uno de los principales mercados de las commodities de los países latinoamericanos, incursionando en infraestructura y financiamiento, desplazando a la hegemonía estadounidense y promoviendo modelos alternativos que compiten estratégicamente (García Fernández, 2018). Esta preocupación sobre el ascenso de China también ha sido enfrentada por la UE por su mayor dependencia de este país. En 2023, este bloque adoptó una respuesta de de-risking ante las implicaciones geopolíticas de sus vulnerabilidades en el suministro de materias primas y su dependencia de proveedores externos (Can, 2025; Sesini, 2025; Umbach, 2024), lo cual ha implicado un resurgimiento de actividades extractivas en los márgenes de la UE (Séjourné, 2025).

China domina en varias etapas de la cadena de suministro, lo cual, a ojos occidentales, implica la capacidad de alterarlas. El USGS estima que China podría perturbar el suministro mundial de óxidos de tierras raras, lo que afectaría a los proveedores de componentes avanzados utilizados en los sistemas de defensa estadounidenses (Rowan, 2025). Además, el informe Global Critical Minerals Outlook 2025 reveló que, en el caso de 19 de los 20 minerales estratégicos más importantes, China es el principal refinador, con una cuota de mercado media del 70%, lo cual implica una ventaja para dominar la explotación, la refinación y la exportación (Lu, 2024; Venditti, 2025). Por ejemplo, China tiene una cuota del 13% en el mercado de la producción de litio y refina alrededor del 58% de este mineral a nivel mundial. Asimismo, Estados Unidos depende al 100% de las importaciones para su suministro de itrio[2], y China fue responsable del 94 % de las importaciones estadounidenses de este metal entre 2018 y 2021 (Lu, 2024).

Volviendo a América Latina, esta presencia múltiple de China en el continente ha sido el resultado de la oportunidad aprovechada por Pekín paciente y sistemáticamente, según el análisis de Hadar (2026), ya que Washington ha desplazado repetidamente su atención entre Oriente Medio, Asia y Europa, dando por hecho su influencia en la región latinoamericana. Siguiendo esta línea y para reposicionarse sobre China, la Estrategia de Seguridad Nacional y la administración Trump han renovado su interés por el continente y reactivado su “política de patio trasero”, calificándola como obligatoria y justificada por su derecho de mantenerlo bajo su control. En enero de 2025, el presidente Trump declaró en su discurso inaugural que Estados Unidos “recuperaría” el Canal de Panamá para poner fin a su cooperación con China en el marco de la Iniciativa de la Franja y la Ruta y ha logrado incluso bloquear inversiones chinas en puertos clave de América Latina (Jiuzhen, 2025). Además, 2026 inició con acciones militares estadounidenses en Venezuela, presentando un nuevo panorama geopolítico, en el que China debe reformular su política exterior en América Latina (Karan Reddy, 2026).

Y China se ha presentado regionalmente desde su participación en el conjunto del Sur Global a través de una sostenida cooperación Sur-Sur y mostrándose como una alternativa ante las posiciones intervencionistas de Estados Unidos y las organismos internacionales occidentales con una gama de herramientas económicas, políticas, financieras, culturales y diplomáticas (Johnston, 2025). En 2025, China puso en marcha la Iniciativa de Cooperación Económica y Comercial Internacional sobre Minerales y Minería Ecológica para la cooperación entre todas las partes interesadas (Zhou, 2026). Esta presencia regional de China, enmarcada de manera más amplia en su Iniciativa de Desarrollo Global, funcionaría como una estrategia contrahegemónica para integrar inteligentemente nuevas prácticas y alianzas que promuevan sus intereses materiales, ideológicos y organizativos, cuestionen gradualmente las normas liberales y modifiquen la gobernanza global del desarrollo (Taggart et al., 2026).

En esta disputa hemisférica que no deja de ser tensionante y potencialmente de escalada, las opciones de vinculación que tiene América Latina las delinean sus dependencias estructurales y sus gobiernos. Las posiciones gubernamentales han adoptado enfoques pragmáticos, buscando beneficiarse de ambas relaciones sin alinearse completamente con ninguna de las dos potencias o adoptando un enfoque multilateral de sus relaciones (cf. Hadar, 2026; Jiuzhen, 2025; Johnston, 2025). Otros, especialmente de tendencia de derecha, han complicado y desafiado la presencia de China en sus países, aunque sea únicamente en el discurso.

De todas maneras, dada la relación económica entre América Latina y China, dos resultados podrían tener lugar (Johnston, 2025). El primero es seguir contando con los beneficios comerciales con China para paliar las deficiencias de infraestructura, ampliar las exportaciones a otros mercados u obtener préstamos bajo esquemas diferentes a los ofertados por instituciones crediticias occidentales. Con esta consecuencia, América Latina podría reducir su dependencia tradicional de Estados Unidos y la UE y sus organismos.

El segundo resultado es la dependencia, ya que China con sus diferentes maneras de cooperación financiera-económica ha pasado de tener una presencia extractivista exclusivamente a dar un giro hacia las energías renovables. Este giro, no obstante, no anula su presencia extractivista en la región, sino que la ahonda, la perpetúa y la perfecciona en el marco de la existente influencia en el sistema global de gobernanza energética. Esta transformación tampoco ha anulado la condición periférica y de dependencia de la mayoría de las economías de América Latina. Desde esta lectura, esta relación ha funcionado y reproducido la misma matriz económica asimétrica y patrones de centro-periferia (Bernal Meza, 2021) con la profundización de conflictos socioambientales históricos y la aparición de nuevos.

En cualquier escenario es probable que la competencia entre Estados Unidos (actor dominante históricamente) y China (hacedor de territorio, comprando infraestructuras críticas en la región) se vaya a intensificar, dada la importancia estratégica de la región y la consideración de China como una amenaza creciente (Johnston, 2025). Al mismo tiempo, la relación entre China y América Latina seguirá profundizándose, aunque ralentizada, dadas las recientes acciones estadounidenses en la región y la ventaja histórica acumulada de la presencia de Estados Unidos a comparación de China (Jiuzhen, 2025). Sin embargo, el resultado no se determinará únicamente por las acciones de Washington o Pekín. Las naciones latinoamericanas tienen agencia, particularmente cuando actúan en bloque, como Brasil dentro de los BRICS. Una participación conjunta e integrada de América Latina ante este escenario de disputa puede dar forma a su propio futuro, aprovechando la competencia entre las grandes potencias para promover sus intereses nacionales y regionales y proteger su autonomía.

Conclusión

En la carrera por el liderazgo climático, las metas de neutralidad en carbono a nivel mundial para 2050 imponen un reto para la política hacia una transformación sin precedentes del sistema energético global, lo que implicará una demanda exponencial de minerales estratégicos. Para liderar esta transformación, China, además de estar presente en el ámbito climático, debe posicionarse en todas las áreas, como el político, económico y de financiación. Sin embargo, en la carrera por estar vigente, China debe afrontar un panorama complejo, donde la administración estadounidense está decidida a revertir a su favor el poder global (Karan Reddy, 2026).

Esto coloca a América Latina como una arena de disputa entre dos potencias. Por un lado, la dominancia histórica de Estados Unidos, refrendada por un ambiente de declaraciones de intenciones de este país sobre América Latina como parte de su territorio y en la órbita de su influencia hemisférica. Y, por otro lado, China y su “monopolio silencioso” que ha usado como estrategia de posicionamiento en la región.

Esta situación de ambigüedad entre influencia histórica con Estados Unidos y su deuda estratégica adquirida con China ha definido un reto para las naciones latinoamericanas para extraer valor de ambos poderes, evitando al mismo tiempo los inconvenientes de una dependencia excesiva de cualquiera de ellos (Hadar, 2026) que pueda traer consecuencias negativas a largo plazo, ahondando desigualdades, desequilibrios económicos y manteniéndolos en la base de las cadenas de valor. Esta disputa hemisférica representa también oportunidades de diversificación económica y los riesgos de dependencia entran en negociación desde su propia agencia, aunque en un contexto de persistentes asimetrías políticas y económicas.

En este panorama y bajo el principio de la “comunidad de futuro compartido para la humanidad” que fomenta un mundo multipolar, abierto e inclusivo, China debe proponer alternativas que se conjuguen con el contexto latinoameircano y que permitan a estos países dar un salto cualitativo en sus economías. Además, reconociendo la influencia de Estados Unidos en la región, China debe mostrar que su respuesta no es la escalada, sino la adaptación y la búsqueda de cooperación inclusiva, al menos en términos formales.

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[1] Elementos vitales para la economía o seguridad nacional de un país. Las listas de minerales críticos varían, según los recursos disponibles, las industrias que desarrollan esos países o las evaluaciones estratégicas de los riesgos de suministro (Rowan, 2025; Stallard, 2026).

[2] El itrio, un metal blando y plateado, como aditivo para aleaciones para los filtros de microondas para radares y como catalizador en la polimerización del etileno y clave en la fabricación de ciertos tipos de plástico (Lu, 2024).

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